Poca cosa
De esa manía de impostar la voz que me deja mudo, me seca las palabras y me humedece las ideas antes de dispararlas, de esa manía me quiero curar. Quiero poder decir cualquier cosa con cualquier palabra, que nada tenga que ser perfecto (como si se pudiera), que árbol sea árbol y la tristeza, tristeza.
De las aspiraciones de altas cumbres me quiero olvidar, para poner los ojos a mi altura de hombre. Por soñar grandes batallas no quiero despreciar una pulseada sin gloria: mejor un paso hacia cualquier lado que contemplar los caminos desde una bicicleta sin ruedas.
Entre el sopor cotidiano quiero hacer un silencio religioso. Sentarme sobre los hombros de un ángel extraviado, meditar un parpadeo hasta que se me muera el alma en los ojos.
Contra la adicción a un ego de cartón quiero vacunarme inyectando sudor en las venas. Vivir del trabajo y los sueños y la música y la cama. Respirar la dignidad de un oxígeno arrebatado al cáncer que convierte a un dios en un poco de polvo ansioso por morir, empecinado en escapar.
Cuento con D
Enredado lo dado, deformado, dúctil: decididamente descabellado. Dolores Dorotea dormía dulcemente debajo del dragón damnificado durante decenios.
Determinante. Distancia duplicada dramáticamente desde Dublín, ¿dónde?
Dice dónde, demoró, demoró días y duraznos de diacrónicas diatribas.
Dosis duramente dosificadas develando diestras dactilografías de dedos drenados.
Diáfanos damascos en damas domesticadas por un dramaturgo débil, deambulando dócilmente por los duraznales. Con destreza destrozó dedicadamente, dedal por dedal, su delantal. Dramático.
Dolores Dorotea decoró su dogma despilfarrando decibeles. Delineando su destino, se dirigió a Dinamarca. “¡Daniel, Daniel, mi duque durmiente!”. Daniel dominó al dragón y al delfín en una diminuta danza y se deleitó debiendo deglutir dátiles de dromedario.
Dignificó su ducado derrochando dólares a los duendes dorados. Distinguió a Dolores Dorotea con delicadezas, la desvistió y se durmieron. Divertido.
Ding dong, donó la Duma. Debate: ¿Ding o dong? Don Drago y su doctrina destruyeron Dinamarca. Daneses desdichados derramaron dígitos diagramables. Dicotomía: dualismo o dialéctica. Distorsionados los duendes, detestaron al duque y lo descuartizaron. Desastre.
Daniel durmió deshecho y Dolores Dorotea despotricaba. “¡Devuelvan a Daniel! ¡Devuélvanmelo! ¡Es mi duque descuajeringado!”. Desolada, Dolores Dorotea se desbarrancó desde un dique. Doloroso desenlace.
Duendes delincuentes devoraron al dragón y dominaron Dinamarca. Dentro del ducado se duplicaron los delfines díscolos. El dinosaurio Donatello decodificó la dramaturgia y desencadenó la diálisis doméstica. Dolores Dorotea y Daniel despertaron. Donde duermen dos, duermen doce: decenas de duendes derribando a Donatello, el dino.
Dunas decorosas deslizándose dentro de Donatello. Descomposición de lo dado y de los dedos. Daniel domó a Donatello y Dolores Dorotea lo desheredó. Dólares despreciados, desperfectos. Deshabilitados, detuvieron la decadencia. Dos décadas de desinfección.
Escrito a cuatro manos con D. (como no podía ser de otra manera), hace mucho tiempo
Momentos del exilio
Esta tarde me permito necesitar que me abraces, que pierdas tu mano entre mi pelo. Llevo los labios acostumbrados a una sonrisa cansada, gasto mis miradas en miradas que no son la tuya. Me fallan los consuelos, me caducan las promesas. No me entra el disfraz de todos los días, hoy no puedo ser yo, que me disculpen.
Si vieras cómo está el cielo afuera, cómo el frío me entiende. Se gastan aun las suelas de los zapatos en estos mínimos esfuerzos diarios, y así voy a gastarme hasta que una carcajada me deshaga en polvo.
Quiero apoyar la cabeza, cerrar los ojos y saber que me estás mirando. Que me disculpen, hoy no quiero otra cosa que esa.
Certificado
POR LA PRESENTE CERTIFICAMOS QUE (coloque aquí el nombre) ES
un especialista en dejar pasar el tiempo, simular que está ocupado, pasar desapercibido.
un eterno pasante, de vocación dudosa, fugado de su país y su familia con la intención (¿tal vez?) de poner un paréntesis a su angustia.
Estrategias de marketing
Sabrá disculpar el lector –yo, y quizás algún ocasional náufrago– la profusión de etiquetas en la entrada anterior. Y habrá notado el lector (tan piola él, tan tan piola) que las mismas fueron diseñadas con el expreso y semiexclusivo propósito de atraer más náufragos ávidos de aquello que la Interné mejor sabe proveer.
Si resulta exitoso el experimento, trataré de encontrar alguna línea de Paul Auster sobre Britney Spears o de Harold Pinter sobre Victoria Beckham, o en todo caso las inventaré.
Pero el poema de Girondo merecía repetirse una vez más.
Este post me hace acordar a un amigo que siempre me dice que vivo pidiendo perdón y dando las gracias, ofreciendo explicaciones, etc. etc. ¿Será mi educación religiosa, alguna culpa ineludible, o simplemente mi necesidad de ser lo menos molesto posible en este mundo de por sí insoportable y precioso?
Sigo preguntándome, igual, para qué este soliloquio.
Viajar
Si alguna vez me subo a un avión (pero yo no quiero escaparme de nada, eh) quiero dejar acá: mis camisas planchadas, los adóndevascuándovolvéshacefríonovuelvastarde, mi inercia, mi confianza en cada esquina, cada edificio conocido y jamás visitado, cada estación de subte. Quiero olvidarme de llevar algunos disfraces, inventarme algunos nuevos. Si alguna vez me voy, quiero volver habiendo pagado cada una de las angustias que haya que pagar, y traerme de regalo las alas del avión, la furia de sus turbinas.
Oración para después de la hora del almuerzo
Dame, sol, tu capacidad de acariciar el pasto, la madera, el cemento, las lágrimas y los labios endulzados por un beso. Tus ganas de seguir todos los días, como Sísifo, repitiendo un movimiento sin que nadie te lo mande ni lo reclame. Dame un poco de esa confianza en la vida, de esa indiferencia por las caras, las circunstancias, los dóndes.
Y regalame, hoy a la tarde, el sueño en los poros, el susurro de alguna hormiga en la nuca que me confiese su resignación. Regalame que me levante del suelo con el suéter lleno de pasto y me lleve conmigo los sueños que corresponde soñar despierto.
Regalame tu entusiasmo cuando la pantalla se niegue a devolverme mi cara viva, por la ventana infiltrate junto con algún caño de escape o alguna bocina, recordame que aunque esta silla mía lo desmienta, afuera todo es movimiento.
La obra de arte en la era de la banalidad tétrica
No les permito que digan que el arte es esto: un privilegio económico, un accesorio, un objeto de consumo. Me indigna que sean especialistas en la sorpresa fácil, la provocación obvia. Me pregunto dónde está el dolor, dónde la verdad, dónde el encuentro con la propia vida a través de la obra. Rechazo tanta limpieza, tanto olor a plástico y conversaciones en inglés. Toda esa autocomplacencia, esa solemne convicción de entender y decidir qué es vanguardia; en el fondo: de poder pagar cada tanto un viajecito a Nueva York, París, Berlín o Barcelona, y volver para copiar todo lo más parecidito posible.
¿Algún día nosotros, criaturas del siglo XXI, empezaremos a ser hombres en serio, desanestesiaremos los sentidos, recordaremos lo que es tener un alma? ¿Transformaremos este mundo imbécil en algo digno de interpelar a los otros, construiremos humanidad? ¿O seguiremos esperando a que algún psicópata poderoso entierre el mundo mientras los himnos enmudecen las bombas y los protones estallan con toda la furia reprimida de esta especie impotente?
Máscaras
El primer hijo, el obediente, el buen alumno, el nieto mayor, el traga, el intelectual, el buen periodista, el novio de siempre, el hermano mayor, el primer promedio, el último en entrar al subte, el mal periodista, el primo antipático, el empleado tímido, el compañero divertido, el compañero aburrido, el amigo indiferente, el amigo que siempre escucha y nunca habla, el cordial y educado y formal, el zaparrastroso, el que no tiene futuro, el que tiene un gran futuro, el talentoso, el inteligente pero inútil, el sobrino promesa, el actor que no se anima, el escritor que no tiene paciencia, el lector de comics, el fanático de las telenovelas, el que nunca se enoja, el bipolar, el adolescente misionero, el joven cínico que se ríe de todo, el pesimista, el siempre sonriente, el que no sabe cantar, el que se ríe fuerte, el delicado, el admirado, el olvidado, el de incómoda compañía por sus incómodos silencios, el simpático y sencillo, el profesor ordenado, el alumno del fondo, el pasante que no es lo que prometía, el católico, el ateo, el que se pone en el lugar del otro, el egoísta, el generoso, el siempre inseguro e inconforme,
el que detrás de tantas capas superpuestas teme encontrar sólo silencio en una tierra muerta.