Cuento con D
Enredado lo dado, deformado, dúctil: decididamente descabellado. Dolores Dorotea dormía dulcemente debajo del dragón damnificado durante decenios.
Determinante. Distancia duplicada dramáticamente desde Dublín, ¿dónde?
Dice dónde, demoró, demoró días y duraznos de diacrónicas diatribas.
Dosis duramente dosificadas develando diestras dactilografías de dedos drenados.
Diáfanos damascos en damas domesticadas por un dramaturgo débil, deambulando dócilmente por los duraznales. Con destreza destrozó dedicadamente, dedal por dedal, su delantal. Dramático.
Dolores Dorotea decoró su dogma despilfarrando decibeles. Delineando su destino, se dirigió a Dinamarca. “¡Daniel, Daniel, mi duque durmiente!”. Daniel dominó al dragón y al delfín en una diminuta danza y se deleitó debiendo deglutir dátiles de dromedario.
Dignificó su ducado derrochando dólares a los duendes dorados. Distinguió a Dolores Dorotea con delicadezas, la desvistió y se durmieron. Divertido.
Ding dong, donó la Duma. Debate: ¿Ding o dong? Don Drago y su doctrina destruyeron Dinamarca. Daneses desdichados derramaron dígitos diagramables. Dicotomía: dualismo o dialéctica. Distorsionados los duendes, detestaron al duque y lo descuartizaron. Desastre.
Daniel durmió deshecho y Dolores Dorotea despotricaba. “¡Devuelvan a Daniel! ¡Devuélvanmelo! ¡Es mi duque descuajeringado!”. Desolada, Dolores Dorotea se desbarrancó desde un dique. Doloroso desenlace.
Duendes delincuentes devoraron al dragón y dominaron Dinamarca. Dentro del ducado se duplicaron los delfines díscolos. El dinosaurio Donatello decodificó la dramaturgia y desencadenó la diálisis doméstica. Dolores Dorotea y Daniel despertaron. Donde duermen dos, duermen doce: decenas de duendes derribando a Donatello, el dino.
Dunas decorosas deslizándose dentro de Donatello. Descomposición de lo dado y de los dedos. Daniel domó a Donatello y Dolores Dorotea lo desheredó. Dólares despreciados, desperfectos. Deshabilitados, detuvieron la decadencia. Dos décadas de desinfección.
Escrito a cuatro manos con D. (como no podía ser de otra manera), hace mucho tiempo
Nervios urbanos
No hago pie
No hay camino fácil
Hoy sé que un tren podría atropellarme y los pasajeros seguirían leyendo el diario
Cállenlos a todos
No puedo escuchar ni una palabra más
No me interesa lo que decís
No te das cuenta de que no me interesa?
Ese sonido enfermo que es el lenguaje
Tu vómito narcisista
Cómo molesta
Te arrancaría la lengua con las uñas
Callate, callate ya
Dame paz, sol
Lluvia, lavame los ojos
Cámbienme el nombre, la cara, la manera de caminar
Quiero ser un robot o un muerto
Viernes a la noche
Lo que llamabas felicidad
era una coreografía de costumbres memorizadas.
No era ese su nombre,
sólo después la bautizaste “felicidad”.
Inútil el despecho, la bronca, las preguntas…
Lo que llamabas amor
era sexo disfrazado con caricias,
era el hábito de una conversación cómoda,
dos pares de ojos que ya sabían mirarse.
Lo que llamabas angustia
era el preludio de una muerte por asfixia,
un cielo de piedras negras aplastándote el cráneo.
Era un juego distraído, una pretensión adolescente.
Lo que llamabas fe
era un intento de callar el silencio,
de aplaudir la nada que sos.
Era una excusa para tu terror,
el amparo de una cobardía borracha.
En el mismo salto
con el que abraces la oscuridad
podés encontrar la luz que sólo ven los otros.
Ciego ante tu espejo sucio,
dibujate una sonrisa con el filo de la ventana.
Balbuceá una carcajada de loco o de imbécil,
atá tus manos a la gárgola de tu cuello,
corré descalzo sobre los clavos del prójimo
y escupí en la otra mejilla.
Lo que llamabas futuro
era un cuento mal contado,
era la promesa de tu verdugo,
era un delirio de tu ego impotente.
A partir de Alejandra
Siniestro delirio amar a una sombra
Escribieron
Siniestra tortura encadenar los párpados a una aparición fraudulenta
Siniestro flagelo esta carne quemada en tu desprecio
Siniestra risa la de tu narcisismo de hiena
Siniestro pánico de abrazar un cadáver
Siniestro amor adicto que se entrega a un extraño
Siniestro sometimiento a los caprichos de un loco
Siniestro puñal de hielo atravesado en la garganta
Siniestro suspiro de una enferma satisfacción pueril
Siniestra tragedia sin final ni principio
Siniestras palabras que no cubren esta ausencia.