Miedo
Perdono tus pecados
tus errores
tus ambiciones
tu torpeza
tu timidez
tu indiferencia
tus éxitos y sus aplausos
tus sonrisas ante las suyas
tus papeles firmados y certificados y archivados bajo una cama con olor a cuerpo que durmió doce horas
tu café con leche y tostadas con mermelada de durazno
tus zapatos a veces
Todo te perdono
menos tu miedo
Todo te turbe, todo te espanta
Nada te baste
Dios quedó mudo
Manifiesto
Voy a creer en mí durante dos segundos, a escribir esto que nadie leerá, a olvidarme de lo que creo ser para serlo por un rato. Voy a agregar más palabras a este infierno de palabras, perras negras sobre perras negras en superposición obscena, gritando sus nadas, sus ganas pero nada, para qué decime, para qué ocupar más espacio si a nadie le importa.
No resolví, todavía, si escribo esto porque estoy harto de imaginar que puedo escribir, o si no lo escribí todo antes porque todavía respeto un poco las palabras, y me enferma verlas repetidas como monedas, significando nada, siempre llenando espacios, tapando el blanco nuestro de cada día, el pavoroso blanco, Dios nos libre.
Hablamos tanto y no tenemos nada para decir; hablan ustedes, todos ustedes bloggers soberbios, estúpidos, como si fueran alguien, como si sus vidas tuvieran más relevancia que el azúcar que siempre queda en el fondo de mi café.
Y ahora hablo yo también, quizás sólo por hoy, porque tal vez es tiempo de cambiar de religión, quizá yo también debería empezar a escupir mis palabras como flema, pero sin esfuerzo, desde la punta de la lengua, pequeñas escupiditas en gotitas sobre el arbolito de la vecina, escupiditas para ver si así se hace un poco de silencio entre mis orejas, a ver si así empiezo a tener sueño a la noche.