Poca cosa
De esa manía de impostar la voz que me deja mudo, me seca las palabras y me humedece las ideas antes de dispararlas, de esa manía me quiero curar. Quiero poder decir cualquier cosa con cualquier palabra, que nada tenga que ser perfecto (como si se pudiera), que árbol sea árbol y la tristeza, tristeza.
De las aspiraciones de altas cumbres me quiero olvidar, para poner los ojos a mi altura de hombre. Por soñar grandes batallas no quiero despreciar una pulseada sin gloria: mejor un paso hacia cualquier lado que contemplar los caminos desde una bicicleta sin ruedas.
Entre el sopor cotidiano quiero hacer un silencio religioso. Sentarme sobre los hombros de un ángel extraviado, meditar un parpadeo hasta que se me muera el alma en los ojos.
Contra la adicción a un ego de cartón quiero vacunarme inyectando sudor en las venas. Vivir del trabajo y los sueños y la música y la cama. Respirar la dignidad de un oxígeno arrebatado al cáncer que convierte a un dios en un poco de polvo ansioso por morir, empecinado en escapar.
Hominis dignitate, según Pico
No te he dado rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre cuyas manos yo te entregado, te defines a ti mismo. Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.
Pico de la Mirandola
Oratio de hominis dignitate
Citado por Marguerite Yourcenar en Opus nigrum.
Cuento con D
Enredado lo dado, deformado, dúctil: decididamente descabellado. Dolores Dorotea dormía dulcemente debajo del dragón damnificado durante decenios.
Determinante. Distancia duplicada dramáticamente desde Dublín, ¿dónde?
Dice dónde, demoró, demoró días y duraznos de diacrónicas diatribas.
Dosis duramente dosificadas develando diestras dactilografías de dedos drenados.
Diáfanos damascos en damas domesticadas por un dramaturgo débil, deambulando dócilmente por los duraznales. Con destreza destrozó dedicadamente, dedal por dedal, su delantal. Dramático.
Dolores Dorotea decoró su dogma despilfarrando decibeles. Delineando su destino, se dirigió a Dinamarca. “¡Daniel, Daniel, mi duque durmiente!”. Daniel dominó al dragón y al delfín en una diminuta danza y se deleitó debiendo deglutir dátiles de dromedario.
Dignificó su ducado derrochando dólares a los duendes dorados. Distinguió a Dolores Dorotea con delicadezas, la desvistió y se durmieron. Divertido.
Ding dong, donó la Duma. Debate: ¿Ding o dong? Don Drago y su doctrina destruyeron Dinamarca. Daneses desdichados derramaron dígitos diagramables. Dicotomía: dualismo o dialéctica. Distorsionados los duendes, detestaron al duque y lo descuartizaron. Desastre.
Daniel durmió deshecho y Dolores Dorotea despotricaba. “¡Devuelvan a Daniel! ¡Devuélvanmelo! ¡Es mi duque descuajeringado!”. Desolada, Dolores Dorotea se desbarrancó desde un dique. Doloroso desenlace.
Duendes delincuentes devoraron al dragón y dominaron Dinamarca. Dentro del ducado se duplicaron los delfines díscolos. El dinosaurio Donatello decodificó la dramaturgia y desencadenó la diálisis doméstica. Dolores Dorotea y Daniel despertaron. Donde duermen dos, duermen doce: decenas de duendes derribando a Donatello, el dino.
Dunas decorosas deslizándose dentro de Donatello. Descomposición de lo dado y de los dedos. Daniel domó a Donatello y Dolores Dorotea lo desheredó. Dólares despreciados, desperfectos. Deshabilitados, detuvieron la decadencia. Dos décadas de desinfección.
Escrito a cuatro manos con D. (como no podía ser de otra manera), hace mucho tiempo
Nervios urbanos
No hago pie
No hay camino fácil
Hoy sé que un tren podría atropellarme y los pasajeros seguirían leyendo el diario
Cállenlos a todos
No puedo escuchar ni una palabra más
No me interesa lo que decís
No te das cuenta de que no me interesa?
Ese sonido enfermo que es el lenguaje
Tu vómito narcisista
Cómo molesta
Te arrancaría la lengua con las uñas
Callate, callate ya
Dame paz, sol
Lluvia, lavame los ojos
Cámbienme el nombre, la cara, la manera de caminar
Quiero ser un robot o un muerto
Viernes a la noche
Lo que llamabas felicidad
era una coreografía de costumbres memorizadas.
No era ese su nombre,
sólo después la bautizaste “felicidad”.
Inútil el despecho, la bronca, las preguntas…
Lo que llamabas amor
era sexo disfrazado con caricias,
era el hábito de una conversación cómoda,
dos pares de ojos que ya sabían mirarse.
Lo que llamabas angustia
era el preludio de una muerte por asfixia,
un cielo de piedras negras aplastándote el cráneo.
Era un juego distraído, una pretensión adolescente.
Lo que llamabas fe
era un intento de callar el silencio,
de aplaudir la nada que sos.
Era una excusa para tu terror,
el amparo de una cobardía borracha.
En el mismo salto
con el que abraces la oscuridad
podés encontrar la luz que sólo ven los otros.
Ciego ante tu espejo sucio,
dibujate una sonrisa con el filo de la ventana.
Balbuceá una carcajada de loco o de imbécil,
atá tus manos a la gárgola de tu cuello,
corré descalzo sobre los clavos del prójimo
y escupí en la otra mejilla.
Lo que llamabas futuro
era un cuento mal contado,
era la promesa de tu verdugo,
era un delirio de tu ego impotente.
A partir de Alejandra
Siniestro delirio amar a una sombra
Escribieron
Siniestra tortura encadenar los párpados a una aparición fraudulenta
Siniestro flagelo esta carne quemada en tu desprecio
Siniestra risa la de tu narcisismo de hiena
Siniestro pánico de abrazar un cadáver
Siniestro amor adicto que se entrega a un extraño
Siniestro sometimiento a los caprichos de un loco
Siniestro puñal de hielo atravesado en la garganta
Siniestro suspiro de una enferma satisfacción pueril
Siniestra tragedia sin final ni principio
Siniestras palabras que no cubren esta ausencia.
Temblor
No sabés
y el tiempo pasa
Dudás
y los segundos
y los meses
te pasan por al lado
saludan por la ventana
Hablás
con un monigote sordo
un viejo sueño que te empeñás en soñar
Hablás solo
Qué tan lejos se puede llegar
Qué tan hondo
Qué tan negro
Cuánto silencio cabe en un par de ojos
Descuidaste tus palabras, tus futuros
Fuiste idiota
Y tus tristes arterias
te asfixian
o te pueden dar de beber
Momentos del exilio
Esta tarde me permito necesitar que me abraces, que pierdas tu mano entre mi pelo. Llevo los labios acostumbrados a una sonrisa cansada, gasto mis miradas en miradas que no son la tuya. Me fallan los consuelos, me caducan las promesas. No me entra el disfraz de todos los días, hoy no puedo ser yo, que me disculpen.
Si vieras cómo está el cielo afuera, cómo el frío me entiende. Se gastan aun las suelas de los zapatos en estos mínimos esfuerzos diarios, y así voy a gastarme hasta que una carcajada me deshaga en polvo.
Quiero apoyar la cabeza, cerrar los ojos y saber que me estás mirando. Que me disculpen, hoy no quiero otra cosa que esa.
Hoy
Alarido desgajado de una intemperie crónica
Retumban tus palabras como ecos de un muerto
Encías cortadas con cuchillos sin filo
Dientes gastados de masticar arena
Abrazado a un árbol seco y vacío
Implorando a un dios borracho de dolor, arrepentido
No hay labios que besen tu cicatriz en otoño
Ni tormentas de rabia que arrastren el celo
Sólo un sexo de plástico, una mueca en pantalla
El rumor enloquecido de animales sin risa
Empapado en el barro disfrutás la tortura
de esperar al silencio, desnudo en el asfalto.